Ante mí la más inmensa quietud. Soledad, silencio, nada… pero la más bella de las nadas que haya visto nunca. La sensación de ser nada que te proporcionan las altas montañas. Y sobre mí la bóveda celeste. Gigante, oscura, llena de vida. Tras muchas noches de dormir al raso ya me sé de memoria su dibujo. Me dejo llevar por el carro de la Osa y me mezco en Casiopea. Busco mi constelación y cuento las estrellas de Andrómeda por si se me ha perdido alguna.

Y al dibujar con mi dedo sobre el cielo estrellado, me traslado a tu piel, una superficie que he recorrido mil veces y que tengo tatuada en la memoria. Puedo saber en qué lugar de tu cuerpo me encuentro sólo por el dibujo de tus lunares. Como en Memento. Conozco tus dos hemisferios y el viaje alrededor de ellos me llena de vida. Lugares acogedores de donde nunca quiero marcharme. Por eso anido durante los fríos inviernos bajo tu cinturón de Orion.

Casiopea

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