No pretendo ir de Coelho o de Bucay a estas alturas, pero hay un símil o metáfora o como se diga, que se me viene a la cabeza en estos momentos de confusión. A veces te sientes como en medio de un mar embravecido, perdido, sin referencias de ningún tipo. Y todos hemos pasado por eso alguna vez. Como un ser inerte arrastrado una y otra vez por las olas. Tragando agua con sal mezclada con arena. Sacando la cabeza de vez en cuando para poder coger algo de aire. Luchando con toda la tensión posible de los músculos, pero incapaz. Un títere a merced de la fuerzas exteriores que no puedes controlar. Y nos empeñamos, nos aferramos, intentamos salir a flote, pero no lo conseguimos del todo.

Aunque pueda parecer una estupidez creo que a veces hay que dejar de luchar. A veces hay que dejar que esas fuerzas te venzan. A veces hay que dejar de empeñarse en algo. Es mejor dejarse llevar. Cerrar los ojos y caer sintiendo cómo te vas despojando de tu propio peso. Soltar lastre. La gravedad hace su trabajo incluso debajo del agua. Hay que hundirse del todo y tocar fondo, que nuestros pies toquen el suelo aunque sea en un lugar muy profundo y deshabitado. Allí habrá silencio, calma y habremos encontrado una referencia. Podremos encontrarnos a nosotros mismos en medio de todo el caos. Por fin.

Entonces y sólo entonces podremos volver a abrir los ojos y mirar alrededor. Encontraremos la luz arriba. Quizás muy arriba. Tan arriba que tendremos mucho que nadar, pero al menos ya sabremos hacia dónde tendremos que hacerlo. Nadar y volver a la vida. Respirar a grandes bocanadas para afrontar nuevos retos. Heridos pero no muertos. Sabiendo hacia dónde dirigir nuestros pasos en busca de nuevos sueños. Los sueños que de verdad importan.

Gravedad o ingravidez

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